salir de la rutina

¿Por qué salir de la rutina puede cambiar nuestra identidad?

Al salir de la rutina ocurre algo muy curioso y es que puede llegar a cambiar nuestra identidad. A veces durante un rato, a veces para siempre.

Por ejemplo, una persona reservada se suelta a hablar con desconocidos durante un viaje. Alguien que nunca se ha considerado constante descubre que es capaz de entrenar durante meses para una carrera. Incluso alguien que lleva muchos años en el mismo empleo se matricula en un curso de algo totalmente diferente y lo disfruta.

No nos referimos a que lleguemos a convertirnos en otra persona, pero sí que aparecen comportamientos y capacidades que nuestra rutina habitual no nos daba la oportunidad de mostrar.

 

Salir de la rutina construye nuestra identidad, pero también mantenerla

No estamos formados solo por rasgos de personalidad, quienes somos también tiene que ver con lo que nos contamos sobre nosotros mismos.

No soy una persona deportista, se me dan mal los idiomas, soy muy mala orientándome, no me gusta viajar sola… Estas afirmaciones, si las repetimos a menudo, terminan convirtiéndose en etiquetas.

El problema es que no siempre describen una característica fija, sino el resultado de la experiencia que hemos acumulado hasta ese momento.

Si nunca hemos corrido, es lógico pensar que no somos buenos corredores, podemos sentir incluso que no somos capaces de hacerlo. Pero una nueva experiencia puede poner esa idea a prueba.

 

Cuando cambiamos de escenario, cambia nuestro comportamiento

La rutina proporciona muchísima información anticipada. Sabemos cómo llegar al trabajo, en qué supermercado comprar, con quién vamos a hablar ese día, qué se espera de nosotros. Pero cuando viajamos a un lugar desconocido, gran parte de esas referencias desaparece.

Salir de la rutina puede resultar incómodo, pero nos enseñan a tomar decisiones que normalmente dejamos en manos de nuestros hábitos. Y ahí es donde aparece una versión de nosotros mismos que no conocíamos.

 

Viajar puede modificar la propia imagen

No hace falta irse a la otra punta del planeta para experimentar esto. Una escapada de unos días a una región cercana nos proporciona experiencias suficientes para cuestionar algunas de las ideas que tenemos sobre nosotros mismos:

  • Si te consideras poco independiente, quizá descubras que eres capaz de organizar un viaje por tu cuenta.
  • Si crees que se te da bien relacionarte, puede que termines conversando con desconocidos (y disfrutándolo).
  • Si sueles necesitar tenerlo todo planificado, igual descubres que también te gusta improvisar.

Estas experiencias tienen algo en común: aportan pruebas reales que contradicen las creencias personales. No son un pensamiento de “puedo hacerlo”, son un hecho de “lo acabo de hacer”.

 

Aprender algo nuevo también nos modifica

La información produce un efecto parecido. Cuando estudiamos un materia nueva y desconocida, pasamos por una etapa en la que no sabemos casi nada. Después, progresivamente, empezamos a reconocer conceptos, establecer conexiones, resolver problemas… Este proceso cambia la percepción que tenemos de nuestras capacidades.

Aprender un idioma, tocar un instrumento, formarse en una materia nueva o adquirir cualquier habilidad le da una nueva dimensión a nuestra identidad. Dejamos de ser “una persona que trabaja en X” pasa ser “una persona que sabe hacer X, entiende Y y está aprendiendo Z”.

 

El deporte nos enfrenta a nuestras propias limitaciones

Los primeros entrenamientos en un deporte nuevo puede ser frustrantes porque no tenemos técnica, nos cansamos, no conseguimos hacer lo que hacen los demás… Pero ahí es precisamente donde el progreso se hace visible.

Correr cinco kilómetros cuando antes no corrías ni para coger el autobús proporciona una evidencia concreta de que tus capacidades no son fijas, que pueden moldearse, cambiarse, adquirirse. 

Además, el deporte puede modificar la relación con el propio cuerpo, pasando a ser una herramienta que utilizamos para hacer cosas.

 

La identidad no fija, sino mutable

La psicología lleva años estudiando hasta qué punto nuestra personalidad e identidad son estables.

Si bien es cierto que hay características consistentes, nuestra conducta también depende, en gran medida, del contexto:

  • No nos comportamos igual en casa que en el trabajo, con amigos o en un lugar donde nadie nos conoce.
  • Por eso, salir de la rutina puede sacar a la luz comportamientos que normalmente están ocultos.

Una persona no se transforma mágicamente al subir a un avión a matricularse en un gimnasio, pero el nuevo entorno cambia las oportunidades que tiene para actuar de determinada manera.

 

¿Y si descubrimos algo que no nos gusta?

Es un riesgo que existe y que no pasa nada por experimentar. Es muy interesante que la transformación no sea siempre positiva, porque también enseña.

Podemos viajar y descubrir que no nos gusta viajar solos o empezar un curso y darnos cuenta de que no nos interesa tanto como pensábamos. Eso no significa que sea una experiencia fallida. ¡Al contrario! Una experiencia nueva puede servirnos para descartar una idea que teníamos sobre lo que somos o lo que queremos.

Así que quizá no cambiamos de personalidad, pero sí de posibilidades. A veces, salir de la rutina nos descubre que la persona que creíamos ser tiene muchas más posibilidades que las que la rutina habitual le permite imaginar.